viernes, 31 de octubre de 2014

miércoles, 29 de octubre de 2014

Escritoras únicas: Gertrude Stein.




 Gertrude Stein, la más pequeña de cinco hermanos, nació el 3 de febrero de 1874 en  Pensilvania, en una familia muy "respetable y burguesa", como ella misma escribe. La familia Stein era de ascendencia judía. Gertrude Stein creció en California, protegida y mimada por sus padres y hermanos. Se mudó junto con su hermano Leo en 1893 a Cambridge, de Massachussets. Allí estudió biología y filosofía en el Radcliffe Institute for Women de la universidad de Harvard. En Baltimore realizó estudios de psicología y medicina en la escuela de medicina Johns Hopkins.

La medicina la aburría. No soportaba "lo anormal" y no aprobó los exámenes. Trabajó en el centro de maternidad. Posteriormente, transformó estas experiencias en su narración "Melanctha". En 1903 se instaló en París y convirtió su residencia en punto de encuentro de escritores (Apollinaire, Cocteau...) y pintores de vanguardia (Matisse, Picasso). Reunió una importante colección de arte moderno y, en los años veinte, ejerció gran influencia sobre los escritores estadounidenses de paso por Europa (Scott Fitzgerald, Hemingway). 

Se hizo famosa por sus experimentos lingüísticos, calificados por unos críticos de profundos, considerados por otros ejemplos del «culto a lo ininteligible». Dislocando las palabras de sus asociaciones comunes, buscaba restablecer su fuerza y sus significados originales; usaba la puntuación que convenía al ritmo de la oración. Sus obras más notables son: "Tres vidas" (1909), "La hechura de los americanos" (1925), "Autobiografía de Alice B. Toklas" (1933), "París, Francia" (1940), "Las guerras que he visto" (1945) y "Las cosas como son" (1950).

Fue una mujer de fuerte personalidad, feminista . Convivió más de 25 años junto a su pareja Alice B. Toklas. Murió en París, el 27 de julio de 1946. Sus archivos y documentos fueron legados a la Universidad de Yale, mientras que su colección de arte fue objeto de litigio familiar durante años y finalmente se dispersó entre diversas colecciones estadounidenses.

Fuentes:



lunes, 27 de octubre de 2014

El niño que sabía hablar el idioma de los perros, de Joanna Gruda.



La maravillosa edición de este libro y el saber que Julek es un personaje real, fueron factores decisivos para que quisiera conocer esta historia. Joanna Gruda, hija Julek (el protagonista), convenció a su padre para que compartiera con ella sus memorias con el sencillo propósito de transmitir sus experiencias a la familia. Transcurrido un tiempo, el resultado de esas largas conversaciones dio lugar a esta novela, la primera de esta traductora y actriz polaca.

Julek Gruda  es un chico polaco nacido en el Moscú soviético pocos días después del crac del 29. Pronto se verá obligado a adoptar múltiples identidades para sobrevivir  a las purgas stanilistas y a la persecución de los judíos y comunistas durante la Segunda Guerra Mundial.

Una de las cosas a las que más temo cuando el protagonista de un libro es un niño es que me parezca real y creíble. En esta ocasión mis temores han sido infundados, pues se trata de alguien que realmente existe y que ha dejado testimonio de su infancia y parte de su adolescencia. Me ha encantado conocer a Julek, un niño muy especial que sabe en todo momento adaptarse a las circunstancias que le tocan vivir y que muy pocas veces se muestra pesimista. 

Podría dar la impresión de que, debido al periodo histórico que le tocó vivir al pequeño, estamos ante un drama, pero no. Si bien es cierto que en algunos momentos la novela se ve impregnada por un pequeño toque tristeza, predomina la lección de optimismo que nos da Julek, un niño cuyo desarraigo familiar, consecuencia de ser hijo de comunistas activos, le obligará a madurar antes de tiempo, haciéndole consciente y perfecto conocedor de la realidad política y social en la que se encuentra, pero Julek es, como he dicho ya, un niño, no pierde esa chispa de la infancia, las ganas de divertirse, de enamorarse, de disfrutar con cada aventura a la que se enfrenta, con cada oportunidad que se le presenta. Esa actitud, esa inocencia e ingenuidad propia de la edad, es lo que predomina en la novela, una perspectiva que se aleja de las tragedias y que hace que Julek sea un personaje difícil de olvidar.

"Tengo casi nueve años, como las guerras mundiales suelen durar cuatro años, tendré aproximadamente trece años cuando la próxima termine. Así que tengo que sobrevivir hasta la edad de trece años y después, la cosa debería ir a mejor."



miércoles, 22 de octubre de 2014

El jardín de la memoria, de Lea Vélez.

 "Fue un otoño extraordinario. El otoño en el que tú me enseñaste a vivir y yo te enseñé a morir."

Conocí a la periodista y guionista de ficción, Lea Vélez (1.970), a raíz de la publicación de  "La cirujana de Palma", su primera obra (en solitario, pues tiene otros títulos anteriores escritos a cuatro manos). Empecé a seguirle la pista y tuve conocimiento de una nueva novela, "El jardín de la memoria", a través del vídeo promocional de la editorial (Galaxia Gutenberg). Un vídeo que me impactó y con el que decidí que tenía que leer este libro inmediatamente.

Estamos ante una novela muy personal en la que encontramos tres pilares que, en principio, parecen no tener nada que ver entre sí, pero que poco a poco van entrelazándose, cobrando toda la narración  sentido. El primero de ellos, que constituye el origen de los demás, lo tenemos en George Collinson, marido de Lea, a quien le diagnosticaron un cáncer. Mientras lo cuidaba en sus últimos meses de vida, decidió que tenía que escribir sobre lo que estaba sucediendo, principalmente para dejar testimonio a sus hijos (todavía pequeños)  sobre quién era su padre y para tener algo a lo que aferrarse cuando todo hubiera acabado. 

 Lea escribe mientras lo acompaña. Charlan, reflexionan y viajan al pasado familiar de George a través de unas cartas que conservan y que ella transcribe en la novela. Nos encontramos pues, ante otro de los pilares de la novela: la historia de los Collinson.

A George le fascina la vida de Francesc Boix, un fotógrafo de guerra, republicano español superviviente en el campo de concentración de Mauthausen, sobre el que Lea investiga y escribe su historia. He aquí el tercer pilar. ¿Qué tiene que ver Boix  con todo esto? Pues que ella se siente identificada en cierto modo con él;  quiere dejar testimonio de la última etapa de la vida de su marido, porque, aunque a veces cree que ha convertido al hombre de su vida en un proyecto literario,  siente que debe contarlo ( "registrar lo vivido para contarlo"), tal y como le sucedió a Boix, que para salvar su vida y su conciencia, decidió asegurarse de que el mundo conociera las atrocidades que se estaban cometiendo en Mauthausen, arriesgándolo todo para que las fotografías del horror vieran la luz alguna vez.

F. Boix

  Lea Vélez nos hace partícipes de la relación tan auténtica y especial que tuvo con su marido, un hombre de lo más interesante.

Como si pensara en voz alta, reflexiona, medita y lo plasma sin florituras en el papel. Aunque a veces resulte un tanto particular o no parezca políticamente correcto, la autora nos permite la entrada a su interior sin censuras, de un modo real, sencillo, sincero. Se plantea cuestiones que cualquiera se plantearía en sus circunstancias, pero que quizá no expresaríamos verbalmente.

Los tres hilos conductores, equilibrados entre sí, nos llevan a un final que constituye un canto a la vida, porque nadie debe equivocarse: en estas páginas tan íntimas y veraces hay unos sentimientos, una relación, una familia y un precioso mensaje con vocación de permanencia. Una lección de vida,  sobre cómo hay que exprimirla. Una novela  humana y exhaustiva. Muy recomendable. Si queréis saber un poco más sobre Lea Vélez, pinchad aquí para ver su blog.




lunes, 20 de octubre de 2014

Tardes con Margueritte, de Maríe-Sabine Roger.

"Solo se conoce la manera de actuar de alguien cuando se conoce a la persona. La primera vez uno no puede prever lo que vendrá a continuación. No sabe si os querréis, si, más tarde, recordaréis el primer día, si llegaréis a insultaros o a partiros la cara, si os haréis colegas."

No es un secreto que la amistad aparece en el lugar y en el momento más inesperado, de tal forma que en nuestra vida puede cruzarse alguien que, a priori, poco tiene que ver con nosotros, pero por las circunstancias, por el momento concreto o por cualquier otro motivo, en esa persona encontramos algo que nos faltaba.  El protagonista de esta novela, Germain, encuentra el verdadero sentido de la amistad en la madurez. Analfabeto, con cuarenta y cinco años, hijo poco querido y humillado en diversos momentos de su vida, pasa el tiempo haciendo chapuzas, cultivando su huerto o contando palomas en el parque. Allí se encuentra un día con una vieja dama sentada en su banco favorito. Se trata de Margueritte. Entre ellos nacerá una improbable amistad.

Esta es una historia alegre y profunda sobre el poder de la amistad y el amor por la lectura. Germain es un hombre algo tosco, sin estudios, sencillo, acostumbrado a prescindir de los afectos. Ha terminado asumiendo como propio el concepto que su madre y los demás tienen de él:

"Menudo regalo un tipo como yo, que ni siquiera tiene el graduado escolar. Un tío que, antes de los cuarenta y cinco tacos nunca había leído un libro. Un pobre hombre incapaz de juntar tres palabras correctas sin decir un montón de tacos."

Todo cambia cuando conoce a Margueritte, una anciana culta, inteligente, sensible y poseedora de una gran pasión por los libros y por la lectura, una pasión que poco a poco transmitirá a Germain; y es que Margueritte trata a Germain con respeto, con cariño, haciéndole ver, poco a poco, que es un hombre capaz de hacer mucho más de lo que cree posible:

"Cuando estoy con ella nunca pienso en el vacío que falta por llenar en mi cabeza, sino únicamente en que me ha llenado el depósito. El mundo entero podría reírse de mí hasta el final de la eternidad y pensar que soy imbécil, me importaría un carajo: Margueritte era mi hada."

Un libro narrado en primera persona, amable y sencillo con dos protagonistas bien perfilados que cautivan, cada uno en su estilo, al lector. Porque la verdadera amistad no entiende de barreras de ningún tipo. Porque la felicidad está en las pequeñas cosas, como sentarse en el banco de un parque a charlar, hablar de libros u observar a las  palomas. 

Lo primero, y no será lo último, que leo de esta escritora francesa. Una historia cuya adaptación cinemátográfica todavía tengo pendiente ver, y espero no tardar mucho en hacerlo.

"Desde que me encontré con Margueritte, cultivo mi inteligencia. Me planteo preguntas sobre la vida e intento responderlas, reflexionando sin trampas. Pienso en la existencia. En lo que me fue dado en el punto de partida y en todo lo que después he tenido que descubrir por mí mismo."




miércoles, 8 de octubre de 2014

Un millón de gotas, de Víctor del Árbol.

"...Todo se pone en marcha con un simple gesto. La primera gota que cae es la que empieza a quebrar la piedra, ¿no es cierto? (...) Todo empieza en alguna parte, en un momento ínfimo."



La primera vez que supe de la existencia de Víctor del Árbol fue en una reseña de Mientras Leo. Hablaba de "Respirar por la herida", una historia dura cuya portada me espantó e hizo que descartara la lectura. Con el tiempo fui siguiéndole la pista, y me di cuenta del error que estaba cometiendo. Me gustaba cómo se expresaba, me gustaba escuchar y leer sus entrevistas. LLegó "Un millón de gotas", y supe que tenía que leerlo.

Gonzalo es un abogado desprovisto de ambición alguna, conformista, que ejerce su profesión bajo la alargada sombra del prestigio de su suegro. Su vida cambiará drásticamente al tener conocimiento de la muerte de su hermana Laura, sospechosa de haber torturado y asesinado al mafioso ruso que tiempo atrás secuestró y mató a su hijo pequeño. 

Por otro lado, retrocedemos a los años 30 y conocemos a Elías Gil, un joven asturiano que viaja a la URSS comprometido con los ideales de la revolución, dispuesto no solo a construir puentes y canales, sino a aprender y ser testigo del momento histórico ante el que se encuentra. Inesperadamente, será detenido y confinado en la isla de Názino (la famosa y espeluznante tragedia sobre la que desconocía muchos detalles). Su vida también cambiará drásticamente.

Partimos de dos historias, dos hilos temporales distintos plasmados de forma paralela, mostrando al lector poco a poco la relación entre uno y otro. Normalmente, en este tipo de historias, siempre hay una con más peso, más elaborada, en detrimento de la otra que acaba resintiéndose. Aquí no sucede: Víctor del Árbol logra un equilibrio perfecto en esta estructura narrativa, no hay ni una sola fisura, ni un solo cabo suelto, ni un solo personaje plano, y ya que estamos, qué personajes... qué forma de desnudarlos ante el lector, de mostrarnos el alma de cada uno de ellos. Personas con ideales, creíbles, con las que fácilmente te puedes identificar, personas a las que vivir una experiencia concreta les marca de por vida.

Estar en un determinado momento histórico, en un determinado lugar, un desgraciado desencuentro en tren y un abrigo que simboliza mucho más de lo que aparenta, son elementos que  determinan la vida de varias personas, y no solo de ellas, sino de sus familias generación tras generación. Estamos ante una historia dura, muy dura, y no solo por el contexto histórico real en la que se desarrolla, sino porque,  página a página, gota a gota, el autor quiebra el corazón lector. Te golpea, te obliga a parar, tomar aire, reflexionar ante las miserias de la naturaleza humana, ante esa oscuridad que seguramente todos tenemos y que,  en algunos casos, acaba saliendo a flote.

Seguramente no sea justo destacar a un personaje sobre el resto, dada la maestría con la que están perfilados en general, pero creo necesario destacar al que más me ha impactado: Elías Gil. Su evolución a lo largo de la novela me ha fascinado. Un joven con aspiraciones, ideas y metas en la vida, capaz de tener esperanza en los momentos más crudos ("Incluso en los peores lugares puede encontrarse el alivio de las cosas hermosas.") y que cae en su propio infierno: 

"Comprendía que la inmensidad de lo que le había ocurrido a él le había sucedido antes a otros miles, no aquí, en la Unión Soviética, sino en cualquier rincón del mundo donde hubiese seres humanos. Y después les pasaría a otros miles, a millones quizá. Morirían sin razón , o por razones absurdas, la gente se aferraría a las banderas, a los himnos, a las trincheras. Matarían , morderían, destrozarían cuanto se interpusiera  entre ellos y la vida, y eso no era bueno ni malo."

De lo mejor que he leído en este año. A este señor hay que leerlo. Yo seguiré en ello.




lunes, 6 de octubre de 2014

Lost in Translation, de Sofia Coppola.

"Mientras más sabes quién eres y lo que quieres
 menos permites que las cosas te alteren."

 


 A veces nos cruzamos de forma inesperada con personas que nos hacen replantearnos  muchas cosas, personas con las que no esperas tener demasiado en común, y cuando te quieres dar cuenta son imprescindibles en tu vida.

"Lost in Translation" (2.003) es una de mis películas favoritas en la historia del cine. Es una película de culto, nada comercial, motivo por el cual, pese a los reconocimientos en forma de premios y buenas críticas, tiene muchos detractores.

Bob Harris (Bill Murray) es un actor norteamericano venido a menos que viaja a Tokio para hacer un anuncio de Whisky japonés. Por su parte, Charlotte (Scarlett Johansson) es una joven casada con un fotógrafo al que acompaña a Tokio a hacer un reportaje. Bob y Charlotte se conocen casualmente en el bar del hotel donde se alojan y entre ellos surge una amistad profunda e inesperada.


 Bob y Charlotte a priori no tienen nada que ver el uno con el otro: pertenecen a diferentes generaciones, llevan vidas distintas, proceden de mundos desiguales, pero cuando se conocen surge la química entre ellos sin casi darse cuenta, y es que ambos se encuentran perdidos, no por hallarse a miles de kilómetros de casa, ni por estar en un país y cultura tan diferente a la propia, sino porque se dan cuenta del vacío que reina en sus vidas. Sus respectivos matrimonios no han resultado ser lo que esperaban, y hace ya tiempo que los dos se dejan llevar por la rutina en la sucesión de los días.

No acontece nada extraordinario aquí, estamos ante una comedia dramática en la que espectador encontrará secuencias protagonizadas por el silencio,  diálogos pausados, creíbles, sencillos, pero no hay que dejarse llevar por las apariencias, hay mucho más plasmado de forma intangible, expresado en forma de miradas, complicidad, una canción de karaoke intencionada, pequeños gestos prácticamente imperceptibles que hacen que que el espectador sea testigo de cómo dos personas perdidas se encuentran.

Un arrollador, divertido e irónico Bill Murray que me cautivó desde el primer minuto. Una Scarlett Johansson a la altura. Maravillosa fotografía, planos, banda sonora. Un final inolvidable. Nada de azúcar, nada de buscar la lágrima fácil. Por más palabras que escriba, tengo la sensación de que soy incapaz de transmitir lo que esta película significa para mí. Ineludible. Profunda. Divertida. Emocionante. Imprescindible.


"Estoy perdida. ¿Eso tiene arreglo?"