martes, 30 de mayo de 2017

Mensajes desde el lago. Mercedes Pinto Maldonado.




Mensajes desde el lago es la segunda parte de "Cartas a una extraña", un libro que en general me gustó bastante, al igual que el estilo de su autora,  por lo que tuve claro que quería saber cómo continuaba la historia. Si no habéis leído el primero, mi recomendación es que no sigáis leyendo este post.

Recordemos que aquella primera parte nos contaba la historia de Berta, una treintañera independiente que vive en Londres. Allí dirige un restaurante de cierto prestigio, y allí se fue para huir de una madre y una hermana tóxicas, dictatoriales y desconocedoras del concepto cariño o familia. Cuando Berta recibe una llamada avisándole de la muerte de su madre, tiene que volver a Madrid para gestionar el testamento. A raíz de ahí, y de forma casual, descubrirá unas cartas que cambiarán su vida al conocer a un misterioso pintor, Saúl,  que vive en Estados Unidos y al que finalmente tiene la ocasión de conocer en París, aunque solo por unos minutos.
 
En "Mensajes desde el lago",  Berta ha regresado a Londres, pero su vida ya no es la misma. Su estancia allí deja de tener sentido tras todo lo sucedido. Berta no ha cerrado definitivamente el capítulo de su pasado familiar, a lo que hay que añadir que descubre que tiene una sobrina de nueve años, por lo que decide volver a España.

Esta segunda parte me ha gustado. Con una estructura muy similar a la de la anterior entrega, seguimos la historia familiar de Berta y paralelamente la de Saúl desde que Berta dejó de leer sus cartas (ahora Saúl va escribiendo en una especia de diario). Asistiremos a la evolución de ambos protagonistas, que nos cuentan en primera persona lo que va sucediendo. Berta no estará sola en esta ocasión, contará con el apoyo de Alfonso, el detective que tanto la ayudó en la primera parte, y Mary, su amiga inglesa, con la que al principio es difícil empatizar por su aparente frivolidad y apariencia pija, pero que se acaba haciendo un hueco entrañable en la lectura. Con ellos se enfrentará a las nuevas trampas del destino.

Una vez más,  he disfrutado y he leído en muy poco tiempo un libro de Mercedes, y ello se debe a su estilo sencillo y elegante, a la abundancia de diálogos y la habilidad para alternar una trama familiar llena de intriga y suspense con una historia de amor.

No obstante, debo decir que no me ha gustado tanto como la primera parte. En algunas ocasiones, con el objetivo de recordar al lector en qué punto de la historia nos encontramos con respecto a la primera parte, se hace repetitivo. También hay aspectos que no me han terminado de convencer, como que en momentos dramáticos, o de mucha tensión, Berta hable de amor con su amiga, por poner un ejemplo. 

En definitiva, salvando estos matices, es un cierre de historia que me ha entretenido mucho y me ha gustado. Seguiré leyendo a Mercedes. Me gustan sus historias, su estilo y su independencia al moverse por este mundillo. 

 

martes, 23 de mayo de 2017

Mujer bajando una escalera. Bernhard Schlink.

"Tal vez vea usted el cuadro algún día. 
Desaparecido durante mucho tiempo, 
ha vuelto a aparecer de pronto..."


No es ninguna novedad que nuestra interminable lista de libros deseados no deja de crecer cuando paseamos por aquí. Y así es como llegué a este libro. Me fui de paseo a la cantina de Norah, un rincón imprescindible para mí y allí encontré una reseña impecable (esta) y un título con la máxima puntuación (este que os traigo). Fui en cuanto pude a la biblioteca, no estaba, y no pude esperar. Sí, con la de libros que tengo por leer, y recién pasado como quien dice el Día del libro,  no pude esperar y me fui a una librería para hacerlo mío. Desde ya anuncio que no voy a estar a la altura de su reseña, básicamente porque me ha gustado mucho, sí, pero con matices.

Un abogado se sorprende al ver en un museo un cuadro que conoce muy bien. En él, una mujer baja una escalera. Está desnuda, es rubia y su cuerpo pálido. Sus piernas son largas, sus caderas redondeadas  y sus pechos firmes. Pura sensualidad. Nuestro protagonista y narrador nos cuenta el origen: un millonario encarga a un joven pintor, Karl Schwind, que retrate a su esposa en esas condiciones. El pintor queda prendado de la modelo. La modelo se deja seducir por el joven. El pintor tiene la sensación de haber dado vida al mejor cuadro que pintará nunca y quiere dar marcha atrás en el negocio. Quiere quedárselo. El marido de la modelo se niega. El abogado, nuestro protagonista, será el intermediario en este asunto, implicándose hasta extremos insospechados.

Y así nos adentramos en esta historia dividida en tres partes, en la que el cuadro es el nexo entre el pasado y el presente. Un pasado, con tintes de thriller, donde conoceremos lo que pasó finalmente con la disputa y con las relaciones entre los intervinientes, y un presente que tiene lugar a raíz de encontrar nuestro protagonista el cuadro casualmente en un museo. Y aquí me planto, porque creo que ya he contado lo suficiente (puede que demasiado).

¿Lo mejor?  

*La maestría del autor para sorprender al lector con esta tercera parte de la historia, donde muestra una perspectiva totalmente diferente de la historia y sus personajes, un giro imprevisto  que te deja sobrecogido en algún momento.

*Los personajes tan bien perfilados y llenos de contrastes, destacando dos: por un lado el protagonista, un hombre imperfecto, muy imperfecto, pero bondadoso y leal hasta límites que podréis comprobar por vosotros mismos. Un personaje muy creíble, muy común.

 Por otro, la mujer del cuadro, Irene Gundlach, una mujer que desde el principio se siente víctima por su condición de musa para el pintor, o de trofeo, para su marido. Es muy difícil empatizar con Irene, porque no hay justificación alguna para su forma de actuar en determinados momentos. Irene llega a ser abanderada de la crueldad, y es que no es ni musa ni trofeo, sino más bien Femme Fatale. Una mujer deslumbrante a priori, pero que no es ni mucho menos lo que aparenta, aunque esto, como en la vida misma, no todos lo descubren, o no todos al mismo tiempo.

¿Lo peor?

*Mi sensación de que algunos sucesos entre los personajes son forzados, no ocurren de forma natural en la narración. 

*El final: no lo que ocurre, sino el cómo ocurre, ese toque surrealista tirando a Murakami sobraba, al menos para mí.


Y bueno, en general me ha gustado mucho la novela, y no deja de sorprenderme que Bernhard Schlink  (1944) creara toda esta trama a partir de un cuadro que le inspiró, como nos explica en una nota final. Se trata de "Ema, o desnudo bajando la escalera", de Gerhard Richter. Espero haber despertado vuestra curiosidad. Merece la pena.



martes, 16 de mayo de 2017

Uno entre un millón. Monica Wood.



Al parecer, este es el primer libro, de todos los que tiene en su haber,  traducido al castellano de Monica Wood. Empecé a verlo como novedad en las librerías y supe que trataba sobre la amistad entre un niño de 11 años y una anciana de 104. No quise saber más, me parecía que podía ser entrañable y acabó siendo más que eso. Recomiendo no leer la sinopsis. Para mi gusto, dice más de la cuenta, y ya os comento yo un poco el argumento.

Ona Vitkus es una anciana que vive sola y que recibe cada sábado la visita de un boy scout para echarle una mano en la casa y el jardín. Normalmente los niños asignados no duran mucho en el puesto asignado al no simpatizar con la anciana, algo recíproco, hasta que llega "el chico", nuestro protagonista, cuyo nombre no llegamos a conocer, sin que ello sea impedimento para que se haga rápidamente hueco en nuestro corazón. El niño es amable, pero extraño, muy peculiar. Está obsesionado con los récords Guinnes, emplea un vocabulario impropio para su edad. No tiene habilidades sociales, no le gusta el deporte, tiene una memoria extraordinaria para datos y fechas (no se dice explícitamente que el pequeño tenga algún trastorno, pero no hace falta: dos más dos son cuatro y con las pinceladas que la autora ofrece sobre su carácter ya sabemos de qué se trata). Poco a poco, y casi sin darse cuenta, surge entre ellos una amistad inesperada. 

Ona y el chico conectan desde el principio y van descubriendo que, más allá de la diferencia de edad, tienen mucho en común. A través de ellos conoceremos el pasado y la vida de Ona, así como a la desarraigada familia del chico: Quinn, su padre, un guitarrista que casi siempre está en la carretera debido a los conciertos en los que toca y Belle, la madre, de quien Quinn se ha separado en dos ocasiones. 

A lo largo de las páginas vamos contemplando de forma casi imperceptible y con un estilo muy sencillo, cómo esa amistad tan especial afecta a los que están alrededor del chico, porque estamos ante una novela de personajes, donde cada uno va desnudando su alma: una anciana que redescubre cosas en su pasado que no supo ver y que, gracias al chico, tiene ganas de seguir viviendo y seguir haciendo cosas, como superar un récord Guinnes; un padre atormentado que no comprende a su hijo, sus peculiaridades, que no sabe cómo tratarlo, y una madre que le reprocha el no saber hacerlo, el no saber quererlo. 

Que nadie piense que la autora va a dar los giros necesarios para que la historia acabe a gusto de todos. No. Es una historia creíble y su desenlace es coherente con todo lo que se nos va contando a lo largo de las páginas. Es un libro divertido y desgarrador según los capítulos, conmovedor (el penúltimo capítulo me llegó directo al corazón), es un libro sobre segundas oportunidades, sobre cómo la vida puede ser totalmente distinta a cómo la habíamos planeado, sin ser necesariamente malo que sea así.

No sé si ha sido por el momento en que lo he leído, o por estar especialmente sensibilizada con los niños como el protagonista, pero el caso es que esta novela me ha llegado. Mucho. Por supuesto, ni que decir tiene que la recomiendo.

martes, 9 de mayo de 2017

El paseo. Robert Walser.

"Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle."


 El escritor suizo Robert Walser (1878-1956) no nació para someterse a ataduras o rutinas. No terminó sus estudios. Tuvos diversos trabajos. Autodidacta y errante, a partir de 1925 comenzó a sufrir trastornos psicológicos; dedicó los pocos años durante los que pudo escribir a diseccionar y plasmar en papel la cotidianidad de la vida. Y aquí es donde quiero llegar: rara es la vez que un escritor no deja algo de sí mismo en sus obras. Walser tuvo una vida llena de incomprensión,  penurias y dolor...pero nada de eso se refleja en lo que escribe.

Robert Walser adquirió un compromiso con la belleza y con la creación artística, y "El paseo" es buena muestra de ello. Me parece necesario comentarlo y resaltarlo porque, a priori, puede parecer un título insignificante y prescindible. Muchos pueden pensar que poco puede aportar un libro de 85 páginas que narra un simple paseo. Error. Os pido que no os dejéis llevar por las apariencias.

El autor sale una mañana a dar un paseo, compartiendo con el lector todo lo que ve, lo que oye, lo que hace. A lo largo de su recorrido acude al encuentro de una amiga, se detiene para hablar en un banco con una desconocida. Va a Correos, a Hacienda, acude a una comida con una amiga, pasea por el bosque etc. Walser comparte su jornada con mucha sencillez, ironía y sentido crítico.

Pero no estamos ante un paseo en sentido literal. Es un paseo vital y profundamente reflexivo. Sus descripciones cobran vida propia, convirtiéndose en un personaje más. Estamos ante una lectura que reconforta, que conmueve y deslumbra. No hay nada de ostentación ni en su recorrido ni en su estilo narrativo, como tampoco la hubo en su vida.

El paseo es una invitación a reflexionar sobre la vida, nos invita a saber mirar, a valorar esas pequeñas cosas que están al alcance de todos más allá del materialismo imperante, porque Walser supo hacerlo incluso cuando estaba ingresado, en sus peores momentos. Porque, como él mismo dice,  toda esta rica vida, los amables colores, su encanto, las humanas importancias como la familia, amigos, amantes y las bellas imágenes, no son eternas.

Me he dejado llevar y me he ido de paseo por el campo con Walser acompañándome, y os aseguro que ha sido terapéutico. En definitiva:

1. Recordad: Carpe diem.
2. Leedlo.

"A veces ando errante en la niebla y en mil vacilaciones y confusiones, y a menudo me siento miserablemente abandonado. Pero pienso que es bello luchar. Un hombre se siente orgulloso de las alegrías y del placer. En el fondo, lo único que da orgullo y alegría al espíritu son los esfuerzos superados con bravura y los sufrimientos soportados con paciencia."